La peña



Era medianoche cuando los últimos vecinos que quedaban comenzaron a acercarse al fogón. Yo, que nunca fui buen bailarín, me dediqué a mantener vivo el fuego mientras miraba cómo el resto bailaba y cantaba, envuelto en un barullo de guitarras, gritos y risas. Al gran espectáculo visual y auditivo, habría que agregarle lo captado por los otros sentidos, sobre todo el olfativo. La carne a las brasas dejó en el aire un perfume que se mezclaba con el sudor, el vino y la tierra mojada.

Uno de los que estaba más cerca me ofreció un mate, con timidez de pueblo, sacándome de mi ensueño mientras el fuego crepitaba. Lo acepté gustoso, porque no venía mal quitarse el frío de encima con un buen mate amargo. Luego de preguntarme mi nombre y cómo me había enterado de la fiesta, mientras yo terminaba los últimos sorbos, se sentó a mi lado.

-Soy amigo de Tito y Juli, me invitaron ellos -respondí, devolviendo el instrumento al cebador.

El hombre me miró pensativo mientras volvía a cargar el mate y lo tomaba mirando el fuego. Con la débil luz de las llamas, podía ver sus facciones. Cargaba bastantes arrugas en el rostro y un tupido bigote que le consumía el labio completo. Se acomodó el cuello de la camisa, mojada de sudor, y se secó la frente con un pañuelo que luego usó para limpiar la bombilla.

-¿Tito y Juli, me dijiste? -preguntó, mirándome a los ojos.

-Sí, viven en esta misma calle, al fondo. Vamos juntos a la universidad y me estoy quedando con ellos este fin de semana.

El hombre me miró con el ceño un poco fruncido y se giró para hablarle a otro hombre, más joven, que se calentaba las manos en silencio.

-Che, gringo, ¿vos los ubicas a Tito y Juli? -El hombre no respondió, ni siquiera miró a quien le hablaba.

El gringo se acercó a mi lado y se sentó en el otro extremo del tronco que ahora nos unía a los tres. Me miró y, acompañado de una palmada en mi hombro, me dijo:

-No le hagas caso al viejo, te va a querer llevar a su casa.

Como si nada, se levantó y se unió a un grupo de tres personas que charlaban sobre quién era el mejor tirador de escopeta.

Miré al otro lado para continuar la charla con el otro hombre, pero ya no estaba, no lo vi ni escuché irse. Ya era tarde y no había rastros de mis amigos, así que emprendí el camino solo a casa. Eran tres cuadras de callejón de tierra, hileras de altos álamos a los costados que dejaban filtrar la luz de la luna, fragmentada en pequeñas motas y claros, dando un espectáculo visual tenebroso y algo lovecraftiano.

Había hecho medio camino cuando escuché que alguien me llamaba. Era el hombre que me cebó mates en el fogón.

-Che, perdona que te moleste. Justo te vi y pensé: ¿será posible que me des una mano con algo? Mira, yo vivo por este callejón adentro, en la fiesta necesitan unas tenazas para cortar unos alambres y yo tengo la casa cer
ca. ¿No me las irías a buscar? Las dejé en la mesa del patio, las vas a ver enseguida.

Sin poder responder, lo vi volverse corriendo hacia el lugar de la fiesta. Y como a mí me cuesta mucho decir que no y, en definitiva, no estaba tan cansado, me acerqué caminando, alumbrando con el celular los tramos oscuros. Cuando llegué, no vi mucho más que muros de adobe remendados y trozos de nylon y chapas sostenidas con postes precarios. Sin juzgar la casa de ese hombre, busqué las tenazas, pero no las encontré. Tampoco lo escuché acercarse por detrás. El filo del hacha golpeó solo la mitad de mi cuello y me derribó. Con dolor y aturdido, traté de ponerme de pie, pero cuando estaba por gritar, el hacha volvió a golpear, esta vez separando mi cabeza del resto del cuerpo.

Encontraron mi cuerpo oculto en la casa abandonada una semana después, junto con huesos humanos más viejos. Fue gracias a que los buitres se sirvieron de mis despojos que la gente que me buscaba me encontró. Tito y Juli me vieron hablando con el hombre y cuando fueron a buscarlo con la policía, tenía una valija con ropa lista para salir de viaje y, en una pequeña bolsita de plástico, mi dedo meñique.

Cuando lo interrogaron, dijo que la luz mala lo había poseído y que iba a ver a una curandera. Yo estaba ahí con el gringo. De alguna manera, vimos todo y él nos podía ver.

Ahora no tenemos mucho más que hacer, caminamos por ahí buscando peñas donde calentarnos las manos en fogones. Han pasado cincuenta años desde esa peña y, la verdad, no sé cuál es el propósito o función de la otra vida, pero hace frío.



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