Aikido's Way (2)
Fue un día como cualquiera, yo
entrando a la universidad, con la mente en las tareas diarias y casi sin mirar
a las personas con las que me cruzaba. Saludo al hombre del estacionamiento, me
vuelve a preguntar si el auto está en venta. Ya me ha hecho esa pregunta antes
así que sonrío y le respondo lo mismo que las veces anteriores. Raúl es una persona agradable, pero el auto
no se vende.
Era el año 2017, entre todo el
barullo de la gente en los pasillos, la vista fija en mi destino, tratando de
no olvidar nada y repasando el horario mentalmente. El cursado transcurre
normal, tengo un hueco entre materias y siempre lo aprovecho para disfrutar un
café en silencio en el buffet, en alguna mesa tranquila pero que me permita ver
la puerta. Hay algo nuevo, un póster en el avisador que el día anterior no vi.
“Clases de aikido gratis”
El mismo cuenta con una foto de dos personas las cuales se baten en un agarre de muñecas. Pienso en
eso mientras termino el café, pero tengo una reunión, no puedo llegar tarde.
“AIKIDO”
La palabra se me quedó grabada en
la mente y no pude sacarla de ahí por varios días. Hasta que me decidí (cual
Homer Simpson yendo a la academia de payasos) a averiguar. Solo tenía que ir al
lugar donde entrenaban y probar, no perdía nada. La primera clase fue extraña,
pero tuvo su encanto. Entre caídas y nombres que no sería capaz de pronunciar
correctamente por algún tiempo, salí motivado a continuar.
Ya había cumplido mi primer
semana en clases de aikido, cuando aprendí una lección importante y tal vez la
más importante dentro y fuera del lugar de entrenamiento.
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